lunes, abril 19, 2010

Talento y decepción

El falso o ridículo debate de hace 15 o veinte días atrás entre Fito y Arjona se diluye al momento de pensar en talentos y reconocimiento. El último sábado, por ejemplo, con Marcelo vimos en el CAFF, un recital pequeño, de esos que no entienden de mainstreams (está bien dicho??) ni manija mediática. Ahí, estaba el cincuentón de Del Prado junto a un baterista, un bajista y su hija en los coros, prepoteando desde el escenario a puro jazz-rock para deglutirse al tango solemne y el deber ser de un típico músico porteño. Celebro esos momentos que aún con tanto ipod y digitales permiten esquivar la prepotencia mediática para hacer del show un espectáculo único e irrepetible. Iguales a una lectura en un tiempo y lugar determinado. O como observar un cuadro, después de un espape amoroso o de un sopapo. Ahí está Alejandro dándonos clases de talento para una licenciatura que se quedó sin decanos. Después se sumó Pedro Conde, para enseñarnos que el tiempo se encarga de castigar hasta a las jóvenes promesas rockeras, aunque ninguno de sus ganchos jamás podrán dañar al buen gusto o a la poesía.
Al negro, le pregunté entre empanadas y cerveza qué lleva hoy a un joven batero o bajista respetar a un señor mayor. La idea tendrá que ver con esto de que la prepotencia por la eterna juventud se deglute hasta al viejo más moderno. La noche se llevó las respuestas y cómo siempre y a favor de nuestra generación siguió despuntando interrogantes. La decepción de los artistas incomprendidos o la incertidumbre sobre su supervivencia, tras ser excluidos de cualquier circuito comercial o artístico, se terminan cuando suena el primer acorde. Entonces la canción, la figura de la tela, el diálogo interior de la pareja de un libro, nos devuelve a la mejor realidad. Esa que da sentido a la existencia, al margen de números, estadísticas e intereses. Argumentos efímeros para dar sentido al sinsentido del talento.