sábado, marzo 06, 2010

El cine argentino y los Oscars


Extraño repaso personal obliga al momento de pensar la historia de nuestro país y el reconocimiento de la Academia. Así como los mundiales de fútbol surgen como parámetros del crecimiento y el contexto (es más fácil pensarse sobre lo hecho cada cuatro años), el juego de la vida de uno y los Oscars, obliga a pulir los recuerdos y redescubrir el recorrido personal. Los memoriosos dudarán un rato para situarse en aquel primer intento de 'La tregua', nominación para un film memorable basado en Benedetti, que perdió por culpa de la gran Amarcord de Fellini.  Entonces, el país mantenía la ilusión de la patria socialista y comenzaba a sufrir los embates de una derecha que sería implacable con tal sueño.
La crisis generada por la dictadura no iba a dar lugar a expresiones creativas por lo que la vuelta al mundo exterior se manifestaría once años más tarde con la Camila de María Luisa Bemberg. La historia de amor en tiempos rosistas entre  una joven y un sacerdote basada en un hecho real volvería a quedar en el camino, pero generaría reacciones diversas en nuestro contexto, poniendo a prueba la tolerancia de los sectores más conservadores, con escenas eróticas comparables por su intensidad a El cartero llama dos veces, por citar un ejemplo.
Un año más tarde, serviría aquello de 'La tercera es la vencida'. La historia oficial de Luis Puenzo lograría el máximo galardón, por encima de la comedia francesa Tres hombres y un biberón y la deliciosa Papá se fue en viaje de negocios de Emir Kusturica. El mundo del arte se hacía cargo de nuestras miserias, mientras en la Argentina la culpa oscilaba entre el despertar de un país dormido y la teoría alfonsinista de los dos demonios. Algunos nos sentimos entre molestos y confundidos al escuchar a Norma Aleandro agradeciéndole en inglés a Hollywood y empezábamos a percibir los efectos de una triste primavera económica.
Las chances luego se sucedieron pero de manera esporádica. Aleandro recibió los mimos de la Academia y filmó Gaby en el exterior. El director de arte Eugenio Zanetti, aparecería diez años después como uno de los ganadores por su labora artística en Restauración y el músico Luis Bacalov, ganaría entre críticas y sospechas el premio a la mejor música de Il Postino, aquel tierno relato que exhibió a la sensual Cuccinotta. Con los efectos del menemismo, quedaba claro que las chances de los argentinos serían de modo esporádico, externo y en soledad. En este sentido, pero diez años más tarde, un hombre que había abandonado el país después de vanos esfuerzos por desarrollar su conocimiento, Gustavo Santaolalla, logró hacerse sentir en dos propuestas diversas pero esenciales para el séptimo arte. Su música de Secreto en la montaña y Babel (2005 y 2007) lo catapultaron a la fama. De hecho, hoy es responsable de componer para espectáculos diversos, además de distinguirse como productor musical de solistas y grupos destacados. 
Para ser sincero con la cuestión temporal, 2001 es el año en el que Juan José Campanella ve de cerca las mieles del sueño americano. El director de Luna de Avellaneda, llegó a la 74 entrega del Oscar, con El hijo de la novia. Ganar en ese contexto nacional, después de un año bisagra, resultaba inimaginable.


Ahora, la chance se repite con un relato que intenta espiar, revisar y no asustarse de lo que fuimos, El secreto de sus ojos. En el camino queda la injusticia para talentos olvidados que marcaron nuestra historia como Leonardo Favio, Adolfo Aristarain y Leopoldo Torre Nilsson, además de la asignatura pendiente de un cine honesto, con lenguaje propio y proyección mundial. Quedan también decenas de relatos que esperan el atrevimiento de la industria cinematográfica local para refrescar al menos un reflejo de lo que somos y queremos ser. Los premio, en este sentido, pueden servir de estímulo. La responsabilidad depende de las oportunidades y las ganas de hacerlo.