lunes, noviembre 26, 2007

Babenco y yo


Indiferencia, olvido, desinterés por las cuestiones del pasado. Con este Buenos Aires omnipotente se encontró Babenco durante su corta visita al país.
Aquí la nota para descifrar su estado de ánimo.

Sus lentes y contextura física alcanzan para que cualquier cinéfilo lo asocie con Torre Nilsson. Pero no. La entonación de Héctor Babenco (61), el marplatense que prefirió desertar de la colimba en los sesenta para adoptar Brasil como su hogar, acalla cualquier comparación. Aun cuando su última película, El pasado, bien puede equipararse a Los siete locos o La casa del Angel, del gran Babsy. La voz del director de Pixote y El beso de la mujer araña, en un restaurante de Barrio Norte, surge potente y directa. Acaso consciente del peso de la crítica local sobre su adaptación de la novela premiada de Alan Pauls.

“El cine argentino en Brasil gusta mucho y es muy elogiado. Allá son más generosos. Y eso permite que las películas circulen mejor, la prensa las saluda. No por haber recaudado un trillón de rupias en Turquía, sino de manera inteligente, la estudian, la cuentan. En cambio no veo que suceda lo mismo aquí con el cine brasileño”.

—¿Por qué suponés que sucede esto?

—Mi impresión es que Buenos Aires está más enganchado con la fenomenología del cine comestible, del fast food americano y hay aquí una fracción cada vez menor del público que sigue un modelo europeo, más plural. Aunque me parece que Brasil, también está afuera de este menú.

—Abordando “El pasado” decías que tu película se acerca al cine de Kieslovsky...

—¡Claro, pero también es un melodrama seco! Deshidratado, con cuatro y cinco puntas del iceberg y entre cada una de ellas no hay nada. Eso fue lo que me propuse.


Derecho de nacer. La frase elegida por el propio Babenco para describir “un culebrón de 1958, pero más frío como el director de Blue”, según informa, es suficiente para comprender El pasado. La historia que muestra cómo Rímini (Gael García Bernal) convive con su separación de Sofía (Analía Couceiro) y las secuelas intermitentes que conllevan una relación de doce años. El mexicano que responde al personaje de la novela de Pauls, aunque las primeras reacciones de los espectadores sean diferentes al libro.

—Muchos se fastidiaron con Rímini.

—Bueno, esa es la virtud de la película porque hoy todos están condicionados al héroe masculino “gatorade”, el chico que toma energéticos, que tiene todas las minas. Por eso cuando aparece un hombre frágil, con un perfil más dramático, más Dostoievsky, la gente no lo tolera. El problema es de ellos, no de Rímini.

—Alan Pauls asegura que escribe para recordar, ¿vos para qué filmás?

—Para entretenerme, de alguna forma intento sostener una función creativa y creo que lo mejor que hago es unir mi amor por la palabra escrita, venga de donde venga. Sabés cómo me gustaría ser recordado? Como alguien que hizo todo por no acceder a la tentación de hacer cosas banales.

—Esto implica una pelea interna constante.

—Más qué pelea diría que me genera un conflicto.


Modelos. Quien deslumbró a Hollywood con El beso de la mujer araña, aquel controvertido film protagonizado por William Hurt, Raúl Juliá y Sonia Braga, asegura que a partir de su último trabajo intenta poner a prueba ciertos modelos de comportamiento. “Hay sentimientos –explica– que son atávicos a la especie mujer y otros, al hombre, independientemente de que la persona sea más o menos extrovertida”

—¿Notaste alguna reacción de género?

—Todos los que vieron El pasado, tanto en México, Canadá, Francia e Inglaterra, tuvieron respuestas idénticas: “Mi ex mujer me hizo peores cosas que Sofía”, o “lo de Rímini no representa nada en comparación a lo que viví”.

— ¿Y las mujeres?

—Ellas por su lado manifestaron: “Quién se cree que es, para hacer lo que quiere? Al fin de cuentas fui yo quien lo inventé”. Hablaban como una madre de su hijo, muy loco, muy interesante.

—¿Realmente te preocupan las críticas?

—Más me molesta pensar que una obra que representaron dos años y medio de trabajo dependan de alguien que le dedique sólo el tiempo de su duración. Alguien que vuelve a su casa, la escribe y al día siguiente es leído por 100 mil o 150 mil personas. Es un tanto desigual. Sabés por qué, porque El pasado es una película que vuelve, no salís y decidís si vas a comer una pizza o un pancho. Si la dejás germinar, tiene un retorno, Quien ama el cine, debe entregarse a ese proceso, sino es un haragán.


El gran simulador. Se muestra desmemoriado acerca de su primer encuentro con la novela. La anécdota de una llamada desde una isla, al mayor de los Pauls, le suena absurda, ridícula. “Quizá sea cierta, no sé”, confirma. Lo mismo aquel supuesto trance durante la lectura, en el que Babenco lidiaba con la enfermedad de su madre.

—¿Te gusta jugar con el inconsciente colectivo?

—La verdad sí, sino uno se torna pretencioso y se convierte en una especie de gurú, en un cagador de reglas que dice cómo las cosas deben ser. Yo soy una persona vulnerable que juega.

—Y sin embargo, ¿te definís como un escéptico?

—Y lo soy, estoy abierto a ver lo que pasa, pero no tengo ninguna proyección. Es más, cuando filmo no me preocupo por el qué dirán. Cuando dirijo lo hago de cualquier forma porque tengo que sacármela de encima, sino me contamino, me pesa.

—¿Después del pasado qué?

—No tengo idea, hay un libro que me gusta mucho que se llama El mar, de un escritor irlandés, John Banville, pero no tengo nada concreto.

—¿También habla del amor?

—Habla de la pérdida, siempre temas que no son muy optimistas, soy alegre en lo cotidiano, pero no tengo esperanzas en la vida, de la forma en que las cosas suceden en la sociedad, cómo se desenvuelven, intento de alguna forma que sean fieles a lo que yo siento.

—¿Sos un provocador?

—No sé, si es por provocador, no sé qué decirte, tenés buen material.


El fútbol, Gael y ‘Pixote’

Babenco encuentra en la pasión argentino-brasileña, la mejor excusa para referirse a la intimidad de los sets. “No sé si los de futbolistas se ponen a hablar de las jugadas después de los partidos. Cuando suben al colectivo, van a cenar o se reúnen para jugar al billar, ¿discuten sobre el gol? Lo mismo cuando dirigís una escena, no la pensás”.

Eligió al protagonista de Diarios de motocicleta’, luego de varias reuniones intentando convencerlo. Aunque, la razón de por qué Gael García Bernal accedió a encarnar a Rímini, surgió el último día de grabación.

“Después de filmar en San Pablo, lo llevé al aeropuerto para despedirme. Entendí que debía hacerlo. Entonces le pregunté, directamente: ¿Por qué?”, Babenco, tras una larga pausa, sigue “Fue cortito, bien cortito, cuando era muy chico, mi papá que era separado de mi mamá, me vino a buscar y me llevó a ver una película que se llamaba Pixote”, y ahí me callé la boca. No le pregunté si le gustó o no, hay gente que habla mucho y le gusta darle manija a las cosas.