jueves, noviembre 05, 2026

Fabian: Quijote reo, pero con clase

 

Una voz del pasado aflora vía facebook. 

No es un pasado cualquiera, más bien se trata de uno latente, de esos cuya importancia trasciende al tiempo y que por esas cosas de la rutina, uno fue dejándolo ahí, estático, confiando en su condición perenne.

 

Se trata de Carina quien se comunica, "la ex de Fabián", me informa. Me cuenta además que Fabián murió. Mi idea de Fabián gira en torno de aquellos fabianes que conozco y cuya familiaridad fueron quedándose sujetos a los anecdotarios perdidos.

 Carina me dice además que habló con Lucia de mi amistad con Fabián y yo sigo perdido. Lucía es su hija y también la hija de Fabián.

 Por fin comprendo mi resistencia. Fabián es Fabián Diz. Repaso entonces su nombre casi con un grito seco, producto de la lógica bronca por la pérdida. 

Con él habían quedado reencuentros pendientes. Una celebración redonda, sus 60, creo a una quinta que me quedaba lejos. Bah, todo parece quedar lejos cuando los deberes de la inmediatez dominan al cuerpo como modorra impositiva.

Más acá, hace no tanto también Fabián me envió un video con otro festejo. Ahí estaban los tres, con Carina y Lucia, divirtiéndose junto a Tortonese, en un sorteo delirante, mi amigo ratificando su persistente alegría para encarar los momentos y ellas haciendo honor a la felicidad compartida.

 Es curioso, cuando surgió mi amistad con Diz, allá lejos en Molinos Río de la Plata, una vez al regreso a mi eventual hogar de entonces, en el 12 me crucé con un joven Tortonese en el bondi. Cual cholulo le dije que había visto su trabajo en el Parakultural con Urdapilleta y Batato.

A ese antro fui en una salida con Fabián, precisamente. El experto en programación y computación, tipo tímido, sonrisita finita casi esquizo aunque contagiosa, tenía otro mundo interior. Por supuesto superior respecto de la aburrida contabilidad y los sistemas binarios.

El humor para lo habitual, un sarcasmo sutil que dejaba traslucir cierta clase, esa cultura general de tipo probablemente afortunado que igual, prescindía de hacer alarde de una aparente comodidad. Como sea, durante la crisis ochentosa, las cuestiones de superviencia, nunca fueron un tema de conversación.  

Rock, arte, descontrol, picardía, lector, Diz representó el mejor calidoscopio de la noche nueva. Rea y estallada en los inicios de la democracia para expandirse hasta los noventa. 

Ahí estuvimos luego, en el culo del mundo. Bueno, cualquier lugar se corresponde a esta descripción para un conurbanense sureño,         - después supe que se trataba de Chacarita- haciendo cola para ingresar a la “exclusiva” fiesta del Condon Club, una suerte de happening modernoso. 

Por esos días y a propósito de estas salidas, yo era una especie de Sancho obediente, siguiendo a tientas la voluntad del joven Cervantes jugando al gps (filcar entonces) cultural, con mis torpes saberes y movimientos.

 “¿Viste que hdp es el batero de los Redondos?”, comentó de la nada con su maliciosa y típica sonrisita. Su acotación a propósito de nada, me dejó algo confundido, pero interpreté que debía hacerle la segunda y coincidir. Por fin, soltó una carcajada y saludó a Sidotti, delante nuestro en la fila, como si se conocieran desde siempre.

El baile de esa noche y sus gustos le permitieron sacar provecho a la jornada, en cambio, yo decidía retornar a casa algo aturdido sin lograr decodificar del todo las mieles de ese momento.



“Mi hermana es una cutaa”, fue nuestro saludo habitual en la oficina en alusión a un monólogo sublime de Urdapilleta. Haber sido testigos del concurso de "Las fabricantes de tortas”, generado por el trío performático, se precia como el recuerdo de una salida inolvidable.

También vimos a los Redondos en un recital de 40 o 50 personas en San Telmo. Acaso las salidas de entonces no fueron más que un reflejo del tipo de amistades inclaudicables, en las que las búsquedas, incluso sin demasiadas certezas, priman por encima del valor de las palabras.

Alguna vez con este Diógenes de las experimentaciones fuimos a Pachá. También compartimos momentos gastronómicos. Y artísticos. Yo como mero testigo. Pero Fabián y también Carina, creo, pasaron por la escuela de Mimo de Escobar y Lerchundi, dos referentes de esta disciplina que había descubierto un tiempo antes por Gabriela.

De hecho, en este día, tras conocer el duro desenlace de la pérdida, ella me recordó la boda de ambos, inaugurando la fiesta en modo mimos, ratificando la química y el buen humor característico y permanente entre los novios. 

Todavía entre los recuerdos, la veo a Carina encendida con las ocurrencias de su compañero. La expresión de su rostro contemplando los delirios de Fabián parecía la de quien de la nada, permitía transportase a una zona más amable, añorada. Única.

 

Por momentos él tenía plena concienta de su condición de prestidigitador. Sólo que la aprovechaba a cuenta gotas. Jamás hizo alarde de tal talento. Aunque uno entendía que le pertenecía. 

Volviendo a la gastronomía, al margen de almuerzos o eventuales encuentros donde el brunch sonaba más a peluquería que picadas glamorosas, un día vinieron los flamantes esposos a la casa de Sarandí a comer fondeau de quesos. Debe haber sido la segunda o tercera ocasión de la vida que degusté de tal manjar.

El caso es que en esa ocasión, fue a ellos que les tocó transportarse hasta el tujes del mundo y lo hicieron sumando la buena nueva de Lucía en camino, con ellos, según noticiaron.

Peter Gabriel, Independiente, U2, Robertito Smith, el cine, Recoleta, el Under, más tarde el peronismo (me sorprendió ya entre nuestra comunicación virtual, su compromiso) fueron todos ingredientes de esta paradójica amistad, donde planteos sobre quién sos, cuál es tu CV o adónde vas, quedaron  eximidos por una razón superior.

Hábil descolocador de lo previsible, Fabián se adelantó al Halloween más criollo del presente por estos lares. En estos días se ve que la gente busca divertirse. Desea ser otro, reconocido y si es posible, hasta generar terror como su primer ciudadano. En todo caso, mi amigo eligió partir antes.

Ni el día de los santos, ni el de los muertos, pudieron con él.

Así estuve el primer domingo de noviembre entre el Roca y la Chacarita, reencontrándome con el halo de su alma. Preferí verlo de lejos, mientras entre abrazos y lágrimas, decenas de parientes y amigos exhalaban la frustración de la pérdida y parecían maldecirla sin nombrar a la parca.

 


Qué en verdad, poco representan y ni saben de “las olas y el viento, ucundum, ucundúm” o de la voz de pito del hombre que por años se mofó de los castillos de viento y que, con un simple guiño, lograba soltarte para indicarte que vuelvas a lo tuyo, mientras él se las ingeniaba para zambullirse en los encantos de suburbios prohibidos, acaso dañinos. Pero mejores.  

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