lunes, junio 19, 2017

Papá simbólico

El pasado viernes entendí que debía hacer algo con la celebración que desde hace 16 años me honra. Para ser autorreferencial, sin embargo, decidí la excusa de la radio y homenajear a mi papá simbólico. Y no porque no pudiera dedicarme al biológico o al referente más directo, padre de mi hermano y padrastro mío.

Por años, ellos me dieron bastante tela para cortar, si no siglos en sesiones ordinarias y extraordinarias. Pero aquel o éste que emula al blog, a partir de su autobiografía (segunda parte 'Ya viviste lo tuyo', sí hablo de Anthony Burgess) resulta tan importante como para considerarlo, cuanto menos en mi imaginario.
El texto seleccionado arbitrariamente - como siempre-, es el siguiente:

....Pero alguien más importante que Bill acaba de volver a entrar en mi vida. Hablo de la dama italiana con quien había hecho el amor en mi piso vacío de Chiswick, allá por 1963. Se llamaba Liana Macellari, se había divorciado en Boston del Ben Johnson negro y trabajaba ahora en Cambridge en un proyecto de lingüística aplicada. Cuatro años antes, había hecho una breve incursión en mi vida para luego desaparecer camino de París; pero no sin antes alumbrar un niño en un hospital de Londres, el 9 de agosto de 1964. El niño era mío y se llamaba aunque no por bautismo, Paolo Andrea. Todo aquello lo puso en mi conocimiento casi de pasada. En su momento supo que yo tenía una mujer enferma, luego se enteró de que acababa de enviudar, lo lamentó y supuso que ya podría reconocer mi paternidad, pero no dio ningún paso en tal sentido. Vivía con un hombre en una casa de Victoria Road, en Cambridge y la casa estaba llena de iraníes que pangaban la renta. Le pedí con toda firmeza que salir de aquella cada, abandonando a aquel hombre y a los iraníes, que se viniera a Chiswick con la criatura y que se casara inmediatamente con el padre. Pero ella estaba en contra del matrimonio, porque era sacramento cristiano y la Iglesia representaba el gran enemigo de todas las mujeres. Era muy extremista y llevaba una especie de chaqueta Mao. En mi horóscopo californiano no había salid para nada tan cataclísmico cambio de mi vida. Estaba descaradamente hermosa con su chaqueta Mao, sus ganas de vivir iban más allá de lo aceptable por Marx o por Mao y me llenó el corazón de una vez para siempre.
El hecho de que hubiera alumbrado un hijo mío no indicaba necesariamente una devoción por el padre. El niño había tenido que venir al mundo para llenar un vacío en el alma de la madre, desolada por la muerte de otra hija llamada Grazia...
Cuando el calendario, en contrapunto bitonal con el tiempo acababa de anunciar el verano, Liana se salió de Cambridge y se vino conmigo. Trajo consigo a mi hijo, un niño de cuatro años escasos, con algo mío en la forma de la nariz y, por lo demás, de una belleza en que se mezclaban lo celta y lo itálico. Era un chaval bien constituido, fuerte, trepador, muy amigo de salir da la calle desnudo. Oficialmente era cockney, por haber nacido dentro de la zona de cobertura de las campanas de Bow, pero hablaba inglés de Cambridge, sin ningún acento italiano. Sabia decir Ciao, bambina y de hecho lo decía, de vez en cuando a las señoras mayores, pero llamaba boschetti a los espaguetis. El pescado era shift, en vez de fish. Comía beicon crudo, bebía leche por cuartillos y solicitaba sus comidas con mucho imperio. Liana procedía de una familia con doncellas y cocinera, de modo que nunca había aprendido del arte gales de llevar una casa. Tuve que dedicarme muy seriamente a la cocina más que a escribir. Ir de compras con Liana en busca de víveres básicos, se convirtió en una experiencia más operística de lo habitual en Chiswick, con lo cual se develó que andaban por ahí muchos más italianos de lo que yo nunca había sospechado, el carnicero cokney resultó ser de Calabria, la pelirroja de la caja hablaba la lengua de Jolona. La casa de Chiswick era ahora un desastre a aunque menos por negligencia que por haberse convertido en una pequeña Nápoles  repleta de niños endurecidos, blancos y negros, todos en pos del desnudo reclamo e Paolo Andrea.

Les aseguro que puse entusiasmo en la lectura. Sin embargo, no me quedé muy convencido sobre las chances de lograr algún efecto deseado, todavía no sé muy bien cuál.
Uno de mis amigos, sincero, llegó a decirme que no interpretó del todo el mensaje. Supuse que un texto de Osvaldo Soriano, hubiese resuelto un propósito más concreto.
El otro, me acompañó en el sentimiento de certificar la genialidad del escriba, adoptado de prepo.
La Naranja revivió invariablemente y corrió el foco del hombre honrado. De hecho, muchas veces aseguré que el libro maldito no está entre los favoritos.
Y hay muchos argumentos confusos pero poco convincentes para expresar por qué un viejo de Manchester ocuparía un lugar tan pesado (y difuso) como el del grandilocuente "padre simbólico".
Asumo que no tengo muy en claro hacia dónde debía dirigirse el fragmento en cuestión. Por momentos, cuando no evidencio lo efectivo de mis decisiones, me entusiasmo aún más con esa travesía de incertidumbre que no concluye como teorema, si no como folletín en suspenso. Quizás la tarde del último viernes haya representado una gran vacilación general.
Volví a casa preguntándome si no debía también adoptar hijos simbólicos, en esta etapa en que la adolescencia me cascotea cuanto o más que a ese actor porteño que días atrás quiso renunciar a su obra.
El hombre, protagonista de El Relojero, debió pedir seguridad aduciendo que función tras función, sujetos anónimos, se ensañaron tirándole piedras hasta desquiciarlo.
Admito que la jornada del día del padre, dura, densa a tono con la frialdad del domingo, alentó mucho más esa pregunta demasiado ingrata pero no por esto franca, de suponer primogénitos, tan saludables como arbitarios e imaginarios.
Parientes simbólicos, bien servirían para una road movie. Paradisíaca y posiblemente aburrida.
Como sea, el lunes (hoy) post MF (de 18 a 2 am) sirvió para aprender algo más acerca de las clases inmanejables. Durante el mediodía, acaso con el feriado del 20 encima, ahí estamos con Saverio debatiendo sobre la filosofía de Camus, los nihilistas y el significado de la burocracia, cerrando con Joy Division, más él tocando una canción de Radiohead, pero también con tiempo para discutir la barbarie de Sarmiento y el significado de lo banal.
En el medio, el torbellino Catalina, accedió bailar psicokiller de David Byrne a los saltos, a cambio de un chocolate. Después, antes de que vuelva a su celu, la piba que trajo un 9 en matemáticas se quedó pensativa cuando compartí con ella el video de una peli que vimos un par de años atrás (Eterno resplandor...) Le debo mirar la última serie que le gusta, Flash para conversarla.
¿Hijos simbólicos? Todavía no.
Lo siento su Señoría existencial, por el momento, afortunadamente, "no ha lugar".