martes, abril 04, 2017

Una canción chiquita

Hay una canción chiquita que de vez en cuando se reflota de la nada.
No creo que sea únicamente por la letra aunque la idea de un globo azul, enseguida refiera a la infancia.
Es que el tema, a priori, parece que te transporta a algún lugar de esos. Pero no es niñez, si no adolescencia lo que se cruza en esa foto que nada tiene de selfie y sí más de tristeza que nostalgia.
Ahí estamos todos los pibes y otros no tanto, alrededor de un circulo impuesto en una plaza o un patio esperando a que Carmen, la rubiecita de cara redonda y ojos transparentes, comience a revolearlos una y otra vez al ritmo de su guitarra, buscando la claridad de la luz que el destino le negó.
Ella con la cadencia de su cabeza, buscando esa luz o al dios que la cobija desde una necesaria - por qué no imprescindible- creencia, rasgando con más convicción que torpeza su guitarra, mientras el grupo de católicos la escucha atentos y hasta con cierta clemencia.

"Cómo te explico que tengo una taza azul con pajaritos 
donde puse a germinar una bataaataa que después se secóoo..."
Así arrancaba ella en un silencio sepulcral y uno, recién curtiéndose del Seminare de Serú en un deseo de rockear entendía que la situación y la canción eran de esas de llorar.
Después, Carmen seguía:
"Cómo te explico ese amor esperándote en la puerta 
para volver a escuchar hasta dormirte 
los cuentos sin finaaaaal" 

Y por fin llegaba el estribillo, ese que cada uno cantaba por dentro, para si mismo, evitando interrumpir la dulzura de Carmen y que ningún sonido afectara esa manera que tenía de enseñarnos a mirar distinto, aún sin ver.
"Quiero jugar, subir y bajar por el tobogán 
quiero un globo azul y una vuelta mas 
y caminar de tu mano papáaaa" 

Ah, es a su padre, pensaba yo, y la letra bien podría estar dirigida también al mío.
Entonces los que nos jactábamos de usar a Pink Floyd en Semana Santa, para recrear un vía crucis de lujo en el barrio, continuábamos oyendo absortos, sin saber qué decir, qué pensar, qué entender del mensaje de Carmen, la piba de ojos celestes y guitarrita, cuyo repertorio, generalmente inmodificable, nos envolvía para decirnos que si había un Jesús, también debería parecerse al suyo, al personal

"Eso pasó, y ahora todo es distinto y tan difícil 
tengo miedo de crecer y comprender donde estoy y quien soy"
Uff, pavada de planteo existencial te tiraba la muchacha en esa edad donde las diferencias, físicas, de clase o por cualquier motivo, operan casi estigmatizantes. Igual, con esa cosa jodida de adolescente "íntegro", uno elegía falsamente, entender que el miedo era sólo suyo.
  
Voy a empezar por contarte mi vida y otras cosas 
aunque tengo mucho miedo que después 
te vuelvas a dormir". 
Cerraba la última estrofa antes de volver al casi reparador estribillo.
"Quiero jugar, subir y bajar por el tobogán 
quiero un globo azul y una vuelta mas 
y caminar de tu mano papáaaa" 
Difícil no pensar en el golpe bajo de la propia escena, coronada con exagerados aplausos y aduladores gritos, para apagar definitivamente un humeante halo a vacío. Vacío necesario, típico de canciones tristes.
Los Salmos Sapienciales de Vox Dei, el Oso o De Nada Sirve, las Rutas Argentinas y el cargado (denso por qué no) repertorio de Sui Generis, seguirían para recibir la noche y exorcizar la tarde.
A esa hora, claro, el globo azul de Carmencita, descansaba con ella a varias cuadras del fogón.  

Por cierto, la versión de Marilina Ross, (La canción es Carta a Papá y no el Globo Azul, como siempre creí) suena tan melodramática que la voz de Carmen, incluso ahora a la distancia, la humaniza más, la desdramatiza.
Quizás me llevó treinta o cuarenta años entender que "el miedo de crecer y comprender dónde estoy y quien soy", no eran exclusividad de la piba.
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