jueves, marzo 30, 2017

Lo que estaba escrito

Entre mates, hablamos de Cata y su decisión en la escuela de saltar de un día al otro a la imprenta.
Mi padrastro siempre escribía en imprenta. También Len, mi suegro. En cambio Saverio va perfeccionando día a día su cursiva intrincada.
De pronto pienso en el fin de la escritura como acto individual pero con un propósito vincular, esa elaboración en un enlace tan íntimo y mecánico, entre mano y cerebro, dirigida a alguien y que casi sin darnos cuenta, terminó siendo reemplazado por pantallas y teclados.

Aquel adn sujeto a las curvas trazadas por tres dedos en pico (por no hablar de otras formas exóticas o refinadas), servía para hacer una fotografía profunda sobre el escriba acerca de su carácter, prolijidad y una habilidad lindante para algunos con el buen gusto. Igual siempre las manchas en los dedos, oficiaban de diagnóstico para nuestro juez-interlocutor (mayormente mujer), sin necesidad de apuntar los ojos al papel.
Difícil sostener tales apreciaciones en una casa con hegemonía de zurdos, salvo la princesa, rebelde también en este sentido. Gabriela predice una posible extinción en el mundo de los izquierdos, aunque descarto que tal disposición quede sujeta a una expresión gráfica. Ya sabemos bastante lo que los hemisferios pueden hacer con nosotros y nuestras extremidades, además de las manos.
Sí considero que escribir se volvió un gesto privado, un acto ¿de contrición?, dirían los religiosos, una virtud honrada por un solo testigo, nada más que... uno mismo.

Y es que antes lo que estaba escrito tenía un sentido compartido.
Ya las mayúsculas en una carta realzaban la importancia del ser anunciado, de ciertos verbos destacados, de profundas circunstancias. Ahí están las mentoras de emoticones reemplazando antes que Jobs, los puntos de las ies por corazoncitos o círculos exagerados ("eso connoooota diríamos", soltaba cualquier potencial y pretencioso analista).
Las haches coladas a último momento entre márgenes, la sobrepuntuación en las diéresis, o las emes de patas cortas. Defectos todos que fueron amplificados, sólo para aprender a hacernos entender en este sentido.  Todavía se me cruzan las peleas con las efes y las g; enlazar enes, con erres o diferenciarlas bien de la ve corta.
"Al final, tantos años de palotes, de luchar para aprender..", suelta la zurda con el verde lavado.
¿Adónde irán a parar los pobres grafólogos? ¿Qué diagnóstico puede hacerse entre quienes perdieron el hábito (si alguna vez llegaron a desarrollarlo) de expresarse escribiendo?

Me acordé de las clases de árabe y el casi sincericidio del profe, con una infidencia. Salim decía que los primeros y últimos renglones de las cartas familiares eran casi una fórmula de cortesía, fáciles de descifrar entre tanto garabato exótico.
"Van a ver que las letras y las palabras se repiten, primero preguntan por la salud de los padres, madres, abuelos, hijos, etc...y al final, les envían saludos y buenos augurios a los padres, madres, hijos, etc."  Hoy para mí, conservar un libro de ese idioma, es como guardar en la biblioteca a Colorín o Mi amigo Gregorio. En ellos hay mucho más de nostalgioso -consolidando también una percepción individualista- que un hecho práctico y necesario como puede ser escribir a las apuradas un texto para que alguien enseguida pueda leerlo o, si prefiere, al momento de recibirlo.

Ahora, en cambio, la cursiva pasa a ser un guiño, entre apuntes, agendas y ayuda memoria, en una circunstancia urgente o necesaria. Pensar en escritura, también es llevar la cuestión a matemáticas, hay algo en el simple gesto de repasar tablas o cálculos que supera, la noción de que el pensamiento se está reseteando. Pero ese es otro debate. Lo mismo que hablar de otra relación interesante para no abandonar como es el dibujo. Estoy trabajando en eso desde hace veinte días.

Para ser franco, recuerdo el sinsentido que creí haber visto en mi primer año de secundario, con Caligrafía, materia que detesté y me llevé, fastidiado por el riesgo de ser juzgado a partir de mi cursiva, cuanto menos, poco amigable.
"Soy zurdo", me disculpé entonces, alzando la siniestra el primer día como quien se ampara en una "dificultad". No alcanzó. Tampoco me volví prolijo.  Sin embargo me sigue gustando escribir cartas, anotaciones, etc. Muchas veces ni yo me entiendo lo que escribo y por supuesto los demás tampoco. Pero eso no tiene que ver con el romance de la mano y el cerebro. También suele sucederme cuando agarro el teclado.

 *textos gentileza goog imag