jueves, enero 19, 2017

Fractales en un laberinto de espejos

Cada vez que veo a mi hija recostada en su celular, o cuando me subo al bondi y me encuentro con decenas de personas ensimismadas en sus instagram o charlas de whatsapp, vuelve en mi cabeza dos referencias: una ilustrada, la del Sujeto fractal de Jean Baudrillard.
En ese texto, el tipo cuenta algo así como que cada uno de nosotros somos partículas de un mismo espejo ideal, reflejado por los medios. Una especie de no mirada, sujeta al personaje instalado.
Recuerdo, entonces, que lo asociaba a Marcelo Tinelli. Una vaga idea de una caminata por la Mar del Plata invernal, con todos los televisores de los bares reproduciendo las risas impostadas de Videomatch. Ahí estábamos los argentinos riéndonos al unísono por lo mismo. Socios colectivos de una partícula, rehenes de la unívoca mirada.Más fractales que nunca, sin saberlo.

 Decía que la obsesión por el celular presente me transportaba a una referencia ilustrada, la otra más mundana, tiene que ver con un recuerdo de la infancia. El laberinto de espejos del ItalPark.
A decir verdad y si hay algún memorioso que pueda confirmarlo, no eran espejos si no vidrios, cual ventanas en tamaño natural. El chiste era chocarse contra ellos por no distinguirlos lo suficiente. El interés devenía en desesperación al pasar los minutos y achicar el margen de posibilidades para descubrir la salida.

Para muchos el ItalPark se centraba en dos atractivos: la super 8 volante, como se distinguía a nuestra vetusta montaña rusa y el tren fantasma. En ambos casos difícilmente cualquier pibe quedara al margen de una misma impresión, esa sonrisita nerviosa que se suelta cuando las cosas exceden nuestro control.
En cambio, dentro del laberinto, el placer parecía ajeno o externo. Quienes disfrutaban, en verdad, eran aquellos que desde afuera contemplaban a los tipos desesperados por salir. No por nada este juego contaba con la anuencia del que controlaba el ingreso. El tipo, en cualquier momento, podía ingresar a rescatarte si veía que la preocupación derivaba en tensión, claustrofobia y, por ende desesperación.

Hoy todo esto que suena a tirado de los pelos, me lleva a suponer que quien vive dentro del laberinto de pantallas, se desentiende de la posibilidad o conciencia de sentirse perdido. Es más es esta persona quien se mofa del factor externo y que, por nada del mundo intenta salir.
Y mientras escribo esto, surge la idea de completar una frase errónea que freno al instante. "Salirse de su centro". Es que tal centro no está, es falso, es fractal.




Es la esencia del nuevo laberinto, perder conciencia de si, abandonarse a la suerte. A la siguiente foto, al inminente tuit, al ocasional corazoncito. Al debate de las respuestas, frente a las no preguntas o hipotéticas discusiones de las que podemos ser parte.
En esa encerrona podemos quedarnos atrapados toda la eternidad. Si dos post atrás hablábamos de una manera de gobernar gélida. Acaso cabe preguntarse, cuál sería la solución, ante tantos sujetos obejtos, ante múltiples espejos. ¿No resuena en  tal contexto prehistórica la palabra revolución?
¿Qué sentido tienen los otros? ¿Dónde empieza el adentro y termina el afuera?