viernes, diciembre 23, 2016

Andrés Rivera, mi I ching


Un amigo tira la noticia de su muerte en facebook y me nombra, agradezco el gesto y lo tomo con el merecimiento de quien supo estar atento a la sabiduría de Rivera, hasta su último aliento.

Y si no, los últimos post que escribí en noviembre ratifican, al menos, que mi interés por su obra seguía tan vivo como esa utopía que se desentiende del fracaso.
O cuanto menos, que se alimenta de él para sacar fuerzas de donde hoy no parecen encontrarse con facilidad.

La primera imagen acerca de Rivera, fue esa especie de capricho adolescente que me impuse, tras leer la Revolución. Ahí estaba yo, en casa de mi infancia en Sarandí, pero ya casado, imaginando qué lugar del lavadero ocuparía la única mascota que proyecté tener en mi vida: un loro.

El loro, debería llamarse "Soy Castelli", lo habría bautizado, por supuesto, en honor al prócer.
Hasta supuse la enseñanza de sus primeras palabras (no, no era Viva Perón, ni la putaqueteparió), "papel y tinta".
¿Decime si un aspirante a escritor con ínfulas hubiese logrado superar semejante prototipo de artista?

Es cierto, yo ya era un grandote boludo y, aunque todavía no llegaba a verme como padre, sí creía en esos tipos derrotados que la vida me cruzó para enseñarme a mirar más lejos.

Debo decir que todos los autores que elegí, siempre los incorporé a mis hábitos.
Así, por ejemplo, los amigos saben que con Gabriela inventamos la excusa de ir a Marruecos, por el desierto, sí, por el encanto de la música y la cultura árabe, también, pero fundamentalmente por creer que era posible compartir un vino con el viejo Paul Bowles y, cuanto menos si Tanger nos ayudaba, brindar los tres a la memoria de la histriónica e inmanejable Jane.

Lo real es que ahora estamos aquí, sin Rivera, ayer Laiseca, hoy Rivera, las navidades se cargan a tipos molestos de verdad y el laicisismo del viejo, probablemente terminó por joder hasta el hartazgo al dios justo de doble testamento, por lo que este optó por no darle chance de sortear sus 88 años, en los albores del inminente 2017.

Y en estas semanas de sequía escrita, además de un texto pensando en la gopiza a la joven diputada Mendoza y la falta de respaldo del colectivo niunamenos, el número 17 se me cruzó como un potencial argumento para despuntar el vicio bloguero.

¡Y cómo no juntar a la revolución bolchevique con aquel que le dio voz a Castelli, a Sarmiento, a Rozas, a los dos Reedson, al manco Paz!!

Por años esquivo la posibilidad de visitar la provincia de Córdoba, del mismo modo que borré del mapa a Brasil (acaso porque el país vecino supo ser la morada ¿cárcel? de mi difunto papá)

Ahora que Andrés no está, sería capaz de desentenderme de la ciudad de las tonadas en la sierra, de sus antipáticos y poco confiables ciudadanos, anfitriones de Sobremonte y de Mauricio, para en cambio, descifrar más señales de uno de los últimos refugios del maestro.

Acaso, si no me roban la idea antes, además iré por Villa Crespo a revisar fantasmas de los compañeros sindicalistas del padre de Marcos Ribak.
O por qué no recuperar los días perdidos y pedirle más anécdotas a mi amigo diseñador Alberto Oneto, quien supo compartir con Rivera en su labor dentro del Centro Editor, cuando el seudónimo se volvía carne y la letra, sangre.

Entiendo que la desprolijidad de este texto, no hace honor a ningún homenaje.

Durante noviembre, dije, revisité su laburo y la sola idea de que ya partió, me lleva a pensar en El verdugo en el umbral, en Baudelaire, ayer cayéndose (¿premonitorio?) de mi biblioteca secreta, mientras buscaba un Kundera para regalar.
Entendiendo que el escritor checo, podría ayudar al vacío existencial presente de alguien querido.

Porque Rivera, Kundera, Orwell, Bowles, Pizarnik, el Flaco, Susanne Vega, Jarmusch, Charly, Spike Lee, los Cohen o Feinmann, están ahí/aquí, a mano para cuando la salud te lo pida.

Rivera, en todo caso, sería el farmacity de mi vida y de mi devenir.

Cuando no hay claridad acerca del presente político, cuando la voz del fracaso y de la derrota se instala para engrandecer todavía más nuestra propia sombra, el viejo te suelta una y te da la chance de tomar aire y seguir la lucha,al menos a pie.

Abro al azar El amigo de Baudelaire y leo: 
¿Cuándo fue la última vez que me asomé a estos paepeles? ¿Qué importa? No releo lo que escribí, sé que me repito. Porque los ricos, como los buenos novelistas, escriben sobre un solo tema: la riqueza.

No hay azar en este juego evidente y la página 66 del mismo libro lo confirma:

Dice Rivera "Leo: Un hombre que enfrenta las sombras de la propia vida, cada vez más oscuras. El paso a la tumbra. Retórico. Lúgubre. Pero ese hombre soy yo".
Es Rivera, es uno, es quien quiera leer este post y lo que venga después.

Rivera fue, como dije, un padre, un abuelo, un maestro, Ahora veo con claridad que desde hace un largo rato, Rivera es mi I ching. La eternidad de su sueño, no representa otra cosa que la certeza de que la utopía ni por asomo se parece a una quimera sujeta a una frase hecha sobre


el mañana.