lunes, noviembre 07, 2016

El inconsciente, el otro, el poder


Espacios de libertad es el título del artículo que ayer publicó JPF en Página 12

Cuando las crisis internas (existenciales, ordinarias o materiales) van acogotando la garganta y resecando las neuronas, los planteos profundo de nuestro filósofo piden una vuelta de calesita más, un no rendirse.
Entonces uno lee:
"No creo en el inconsciente. Creo en una subjetividad cuyo ser libre es sofocado por los mensajes del poder. Atractiva es la fórmula de un psiquiatra francés. El inconsciente es el discurso del Otro. Todos los días el poder somete la libertad de las personas. 
El discurso del Otro es el discurso del poder".

No conforme con esto, el autor de El ejército de Cenizas (para no agotarnos en sus libros de Hegel, el peronismo, etc y sí considerarlo como un también saludable relator de ficción), suma a la contratapa un  mantra existencialista.

"Hay otro dictum. Uno es lo que hace con lo que hicieron de él. También Sartre confesó como todo soñador, “confundí mi desencanto con la verdad”.

Y en esa prisión que puede ser la cultura, condicionándonos desde lo primero, el poder, desde su potencia, José Pablo le encuentra la vuelta (o una salida) a la otra cárcel, el lenguaje.

"Desde niño, uno aprende un idioma. El idioma lo domina. Pero un miembro del espacio de libertad está ahí para decir su palabra. Ha encontrado su propia voz. Ya no es hablado por el discurso hegemónico sino que emite sus propias palabras. Cuando uno deja de estar sometido por el discurso del poder. O sea: cuando esto sucede ya no nos domina el idioma. Hemos creado el nuestro. Con él, hablamos con nuestros compañeros de grupo.
Una lectura es eficaz si nos cambia, sea mucho o poco. Debe contribuir a la naciente profundidad de mi conciencia".

Que cada uno tome e interprete lo que quiera. Yo creo que el escritor comprometido, como aquel que relata o transpola lo que le sale de las entrañas, le habla a uno. A nosotros.
Bah, me gusta pensar eso, sigo con otro párrafo que me parece aleccionador en tal sentido.

Todo grupo corre sus riesgos. En una obra de Camus, Los Justos, alguien alentado por el espacio de libertad al que pertenece, tiene que matar a un personaje de la monarquía. Cuando lo ve llegar, la orden que le fue dada no la puede cumplir. 
La orden lo abandonó. 
Ahora está solo. 
Surge la soledad que todo militante experimenta alguna vez.
El espacio de libertad siempre está en peligro.

Estamos todos solos, como creo haber tirado alguna vez en este blog.
Solitariamente libres o liberados a hacer lo que se nos cante con aquello que intenta gobernar nuestros sentidos.
Sin embargo, me resisto a pensar que algo así se pueda modificar cortándose uno, rumiando opciones dentro del propio rollo, haciéndole frente al idioma que nos domina, como un niño revolviendo vocales en un largo e inútil balbuceo.
¿Acaso las jergas, los códigos, las voces cómplices no refieren a un aprendizaje compartido?
¿Colectivo?
¿No es el guiño cómplice que elaboramos lo que nos da sentido al momento de comunicarnos?

Todavía sigo pensando en el tipo que se cruza con la chica en 1984 y, con su cuaderno en blanco (o libro prohibido, según Orwell) se mueven al margen de lo que ordena el régimen.
JPF dispara otra fórmula cual doblepensar.

Aprovechémosla.

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-313545-2016-11-06.html