miércoles, enero 13, 2016

Desencantadoramente enero, a 17 años

Algunos gustos en la previa de mis 52, como un capuchino en Crucecita, buscar comprobantes en Avellaneda, para simular estar al día (o en la superficie de la legalidad) y revisar todo lo que enero trata de decir (obviando lo político para no ponernos tan tristes).
Y después de dejar en casa a mis hijos trampeándole una mentira de humor a otro de sus amigos ("Santiago perdió un brazo", sugirieron más negros que de costumbre), el balance que me resisto a hacer dice que el adolescente se deprimió con la muerte de Bowie, de quien musicalmente hablando tiene el gusto hace dos meses (malo el padre)
Acaso este aspecto cínico que descubro en la natural confrontación familiar, se retroalimenta con tanta rumia tuitera que no hace más que retroalimentar de veneno, mis venas.
Por eso la pausa, antes del yugo, pinta necesaria. Hay un tipo que se parece a Herzog, corrijo, a Klaus Kinski (la asociación mental comienza a fallar con los lógicos delays de la década) y yo tengo ganas de contárselo a algún interlocutor que comparta el mismo interés y pasión por charlar sobre nuestros referentes. Entramos, quizás en una etapa donde nos faltan pares para hablar de los nuestros. Y acaso esto me hace comprender un poco los motivos de las peleas krispadas crispantes (ya sé, prometí no hacer apología, pero esto es otra cosa). Pelearse es sostener nuestro lugar, nuestros exponentes, nuestra voz. Y el nuestro acalla cualquier grieta, porque aún en veredas distintas, lo nuestro tiene que ver con aquello que fuimos o somos desde hace mucho tiempo y que sucede aquí (antes y ahora) Y lo que viene ya no nos pertenece.
No nos pertenecen nuestros exponentes que insisten con partir, para ratificarnos que la muerte se nos va acercando. No nos pertenecen las formas porque la mirada cambió y quedó sujeta a lo que la tecnología disponga. Por esto, en el bar histórico que acaricia la curva de la Avenida Mitre, caigo en la cuenta que Petit Bar (otro de la plaza que pispeé unos minutos antes), se volvió un local de ropa. Por esto, retomo, desde este bar veo a una pendex mirar sin demasiada atención a una vieja que pasa con peluca.
Por esto, parto el sobre de azúcar en cuatro pedacitos y un acto tan insignificante como éste, me lleva a creer que lo táctil no necesariamente se acaba en una pantalla.
Peleamos porque a través del insulto, quizás, reemplacemos ese gesto tan denso pero genuinos como lo fue mirarnos con odio a los ojos. Ya no sucede, hasta en esto los nuevos tiempos se volvieron polijamente cobardes.
Y elijo desencantadoramente porque la sola mención de este adverbio, tienta a contar el número de letras. A simple vista podrían ser qué se yo, cincuentipico (exagerau siempre seré) digo, como para enlazar el año que en horas me rebautiza en este lugar.
Y lamento que ya no tengamos tantos ratos ociosos con los amigos para hablar de Kinski, discutir el cine iraní, decir qué genio es Soriano por tal o cual frase, avergonzarnos por aquel amor no correspondido que nos quitó el sueño. Todo, a cambio de plantarnos sobre nuestro eje y sentirnos seguros con nuestras convicciones firmes.
Y lamento que la adolescencia de mi hijo se confronte con la andropausia de un servidor, solamente para no llegar a ningún lugar al mismo tiempo.
Y el capuchino estuvo bárbaro y la tipa que parece dueña del lugar y que sugiere a un cliente que espere a la camarera, tras prometerle una empanada de carne, dice tener 69. Y a mi, que cuesta proyectarme y me quedé en un viejo techo ("cuando sea el 2000 voy a tener 36"), a mí, digo, el número quinielero que emula a "los vicios" (por razones sexuales obvias), me encanta y calculo que para llegar a esa edad me faltarán en breves horas 17 años. Y el 17, que es la desgracia, pero que dicen trae suerte, suena lindo.
Y pienso a quién contarle de mis amigos, de mis referentes, del entorno que vi a un tipo como Kinski, que mirá la coincidencia, me faltan 17 para el 69. Pero no, pago, dejo propina. Oigo tres veces decir 38 luego del (¿cuanto hay que cobrar?) y la cuenta refiere al chumbo y a Divididos.
Y Divididos, estamos los que peleamos por conservar algo de nuestras formas, de nuestro terruño.
Y podría seguir así al pedo hasta el más allá.
Pero no, rescato la foto, pago, me vengo  y a seguir...