miércoles, diciembre 23, 2015

Más que bicicletas

David Byrne es de esos artistas que se coló por estos lares, sin influencias cercanas aparentes. Si la memoria no me falla, la primera vez que lo escuché fue en un film de Melanie Griffith y Jeff Lyne, Totalmente Salvaje se tradujo aquí, una chica punk, que arranca a un prolijo americano de su normalidad.
La potencia del líder de los Talking Head, en aquella banda de sonido, resonó tan transgresora como la película. Después llegaron a mis oídos Psycho Killer, que bien podría ser un buen antecedente del mejor Grunge. Pude verlo en Obras, con cierta decepción, su voluntad antropológica con la música a lo Peter Gabriel sirvió para degustar un largo repertorio de "cumbia entonada en spanglish".
Pero David siguió. Me resultó simpático en el video de La Portuaria, aunque en 2010, lo redescubrí con la banda de sonido de Wall Street 2, haber tenido la dicha de cubrir el lanzamiento del film de Oliver Stone en NY, constituye un enjambre de recuerdos para mi retina.
Hoy, tras leer algunos pasajes de Diarios de Bicicleta, Byrne resurge para ratificar esa condición de artistamultimedia. Es que el escocés nacionalizado yanki habla como un escriba, observa como pintor, recorre como sociólogo y fotografía como un transeúnte más. Todo desde su bici.
Así, la tierra soñada del norte, se refleja como una industria esquelética, con autopistas como vías comunicantes, cuyo único propósito es apartar antes que unir. Sucede en Pittburg, pero también en la Baltimore que el músico describe. Lo mismo en Texas y en Detroit.
Leerlo permite entender los propósitos separtistas de nuestro Cacciatore, ese intendente de la dictadura que muchos comparan con el último saliente, en eso de buscar modelos estructurales de gobiernos visionarios.
Aquí un fragmento para comprender y abordar....


" Trato de explorar algunas de estas ciudades —Dallas, Detroit,
Phoenix, Atlanta— en bicicleta, y es frustrante. Las diferentes
partes de la ciudad están a menudo «conectadas» —si
se puede decir así— mediante autopistas, enormes e imponentes
corredores de hormigón que suelen aniquilar los vecindarios
por los que pasan, y muchas veces también los que se
supone que conectan. Las áreas colindantes a las autopistas
se convierten inevitablemente en zonas muertas. En ocasiones,
cerca de los límites de la ciudad, hay una vía de salida que lleva
a un Kentucky Fried Chicken o a un Red Lobster, pero eso no
es un vecindario. Lo que queda de esas comunidades amputadas
es reemplazado luego por centros comerciales o grandes
supermercados aislados en inmensos estacionamientos desérticos,
desperdigados, uno tras otro, a lo largo de las autopistas
que han acabado con las ciudades que debían conectar. Las carreteras,
las urbanizaciones sin objetivo y los centros comerciales
se extienden hasta donde alcanza la vista mientras las autopistas van poco a poco
ampliándose. Son monótonos, tediosos, agotadores... y me temo que pronto habrán desaparecido"...