martes, noviembre 10, 2015

El avioncito, el colectivo

Ayer a la noche pensé cómo sería la vuelta de Pascualito de Posadas a Wilde. Me refiero a Sebastián Pascual Rambert, aquel que 16 años atrás enmudecía a la Bombonera con su gol, para luego arrojarse con su típico festejo en formato avioncito. Entonces ver al pibe deslizándose por el verde del césped con los brazos extendidos era lo más parecido a una felicidad absoluta. Felicidad que todos celebrábamos como si esa prolongación de la gloria se hiciera extensiva al sentimiento del hincha, invitándonos a levitar simultáneamente.
Claro que en el caso de su presente, la cosa es bien distinta. Aún sin leer el diario de papel, ya supongo un pirulito de despedida, tras un par de meses de derrotas con su equipo el Colectivero, tal como se lo llama al descendido Crucero del Norte.

Rambert se bancó el banco para resistir vaya a saber qué. Lo imagino recibiendo un saludo final, como quien cruza un buen día mañanero, de esos gestos esquivos pero obligados, semejante a la escueta cortesía que te permite el inevitable sueño.
Queda más que claro que la relación del plantel debe haber sido tensa, cuanto menos distante. Y no es para menos, Pascualito contó en más de una oportunidad, que comer, o mejor dicho sentarse a comer, era una pérdida de tiempo.
Un hábito que lo fastidiaba o que no podía permitirse. Andá a explicárselo a un equipo deseoso de achuras y sobremesas.
Supongo, pura especulación, que Sebastián fue acotando algunos hábitos tras su salida de Independiente. Acaso en su viaje a Italia, el Inter, creo, lugar donde el despegue de su carrera quedó acotado por uno que otro técnico tano, ignorante de sus vuelos rasantes y las celebraciones del club de toda la vida.
Pascualito ya había atravesado el sabor amargo de la sequía con la selección. Gran asistidor, entonces, el delantero sin embargo, siempre está sujeto a la pólvora que gasta y aprovecha. Primera lección. Igual fue campeón olímpico con la sub 22.
En su rol de director técnico, también depende de su llegada con el jugador. Y vaya a saber cuál pudo ser la estrategia en un contexto de pastos altos y abandono porteño. En el fútbol nuestro, vía AFA, Dios también atiende en Buenos Aires. Justo es reconocer que su mochila y experiencias transportaron un cotillón diverso. Su regreso ¡a Boca!, alcanzó para abrir una sangría con sus seguidores (incluido un servidor). Uno intentaba informarse sobre el rastro del goleador que perdió titularidad primero y después procedencia, producto de lesiones o caprichos dirigenciales. El tipo, igual se calzó otra camiseta. Y otra, la de River, de la que cosechó cuatro títulos. Ahí la profesión le debe haber disparado su vocación de entrenador. La buena química con Ramón, por cierto, le valió un campeonato con el cuervo, como ayudante y la proyección en soledad, cuando el riojano, optó por sumar a su pibe en el banco.
Sin ruido pero persistente, Sebastián intentó transmitir una forma de juego de buen pie. Acaso sus expectativas en su última experiencia haya concluido con el empate de local frente a Huracán.
Ahí, el globo levantó un 1-3 sobre la hora, en tierras misioneras con ese tufillo de poco aguante de parte de los tuyos. Asfixiante debe haber sido la continuidad, con la sospecha de que la suerte era cosa juzgada y que, más allá de las limitaciones del plantel, no había voluntad para transformarla.
Pero Pascualito siguió. Catorce puntos sobre 30 partidos con un 0-1 en cancha de Boca, que puso los pelos de punta del Vasco y de los que soñaban con anticipar la vuelta, es el balance del club misionero, con 11 derrotas al hilo. Los medios dicen que el contrato del muchacho de 41 años se le extenderá para promover el crecimiento de los más jóvenes. A mi me quedan las dudas, a Rambert le tocó achicar el plantel en el medio de la tormenta y desconfío que el cuadro del Norte esté a la altura de una competencia fuerte. A quien puso el pecho en circunstancias bravas, sólo le queda confiar en que los cheques voladores, puedan tener algún noble destino antes de las fiestas.
¿Por qué escribir acerca de Pascualito? No creo que sea una cuestión nostalgiosa, ni reivindicatoria. Aunque esto último tenga cierto peso. Qué se yo, hay tanto Quijote, capaz de prescindir de las cámaras y pleitesía (el autocorrector salta para negar una palabra amable, pero seguramente arcaica) y los antihéroes siempre fueron mi debilidad. Aquellos vuelos rasantes no me los quita nadie y el sentimiento de revancha, cuando todo parece indicar que "esh imposhiiible" (parafraseando al Juan Carlos Pelotudo, de Capusotto), bien vale a la espera de otra vuelta de rueda. Mágica o no.