domingo, agosto 02, 2015

El Farmer, el teatro, Rivera, Pompeyo, De la Serna, etc

Después de mucho tiempo, de la mano de Andrés Rivera, volví al teatro. La puesta y apuesta de Pompeyo Audivert junto con el siempre sorprendente Rodrigo De la Serna, justificó con creces, el abandono de mi letargo (ya saben, hogar-trabajo, trabajo-hogar, el falso espiral de costumbre), para ahondar en la soledad del gran restaurador argentino.
La llegada al San Martín dista de despertar alguna nostalgia; a veces el deterioro es tal, que las huellas amables del recuerdo quedan trastocadas, solo con pegar el primer vistazo. Los olores de la Sala Casacuberta remiten a una exagerada humedad. Podría ser la granja de Southampton que alberga al Rozas desterrado, pero no. La puesta ideal circunda en el escenario, no en las frías escalinatas de la sala emblema del Complejo.
Pompeyo está recostado junto a un tacho que oficia de calentador, sorprende ver al dramaturgo y actor calvo luciendo mechas y canas. Su voz lastimosa podría emparentarse a la de cualquier abuelo o viejo lumpen callejero.
En contraste, Rodrigo actúa como contravoz en esa especie de imagen que deja el bronce de nuestros próceres en la memoria colectiva. Entre el cello de Claudio Peña y el texto omnipresente del autor de La Revolución es un sueño Eterno, el Rozas más carnal, mundano y contemporáneo hará que el viejo y el bronce se fundan y se separen, de ratos, indistintamente.
"Soy el guardián del sueño de los otros", "Sarmiento pretende igualar a ricos y pobres con un guardapolvito blanco", "el que gobierne siempre deberá lidiar con la eterna cobardía de los porteños" (o algo parecido) "no soy Rozzas, soy Rozas", algunas de las muchas máximas que suelta el derrotado de Caseros sobre las tablas.
Entre tanto frío y tanta nieve británica, los protagonistas de la pieza consiguen con la magia de su enunciación, transportarnos a un escenario añorado e ideal. "Paz para ellos - dice Rivera en boca de los actores- , era siesta, mate, un vaso de vino o caña y hundirle la mano bajo la pollera a una china en una tarde cualquiera de la pampa", recopila oportuna la colega Mercedes Halfton en una interesante cobertura de El farmer, una semana antes del estreno http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-10778-2015-07-26.html
Por momentos, varios, Rozas parece Perón, incluso un brigadier del establishment, mérito a la pluma comunista del hombre que lo hizo novela.
Suena al Pocho del exilio escribiéndole cartas, no tan al viento como las del líder bonaerense, si no, similares aquellas desde Puerta de Hierro desplegando instrucciones a troche y moche. (me gusta la vulgaridad de viejas frases hechas)
Impensado resulta que la sola mención del caballo de Don Juan Manuel, "Victoria", no se le pegue a uno con la hoy altisonante redundancia mediática del sustantivo "zurdo", hoy aplicado por Daniel Scioli en cada spot. Un escriba antiperonista, bien pudo asociar al noble equino entregado a la Corona, tras la caída de Rozas frente al entrerriano Urquiza, con el desenlace político de nuestra presidenta, cediendo su proyección al actual gobernador bonaerense. O para decirlo crudamente: La Yegua Victoria.
Como compensación, debo decir que la frase sobre la cobardía porteña ("los nobles de 1852, ocultos detrás de las ventanas de sus hogares, temerosos frente a una posible represalia de los soldados brutos del Brigadier, tras caer derrotado"), compensa el imaginario antiperonista de El Farmer y para cualquier negrito grasa, villero o descamisado, este Rozas, sin dudas se parece más al "del palo".

"La cobardía" surgió como un escupitazo a  la platea. "No va a durar mucho en cartelera", diagnostica mi compañera y puede que tenga razón. Como sea, mi condición de sujeto del conurbano, me permitió al menos en la última noche del viernes, gozar cual cómplice, de tal desfachatez.

Rozas replica todo, replica a la izquierda acusándolos de infantiles por esto de cambiar las reglas del mercado, o intentar discutir el estado e intentar desde la organización de los trabajadores en las minas de carbón inglesas. "Poetas", acota sabio, el Rozas joven de De la Serna, completando la idea del farmer más reaccionario (Pompeyo), tras sugerir a nobles y soberanos la decapitación de todos esos rebeldes, metodología aplicada en sus años mozos contra detractores y enemigos unitarios.

Y uno siente que la grieta se borra y que el relato proyectado por el hijo de tendederos rusos, surgió también para cagarnos en la voz oficial de la historia. Para entender que hay algo de uno en Rozas, por deformación social y cultural. Un Rozas soñado desde la identificación del desclazado y otro refractario, cuyo reflejo impoluto nos quita la chance de humanizarlo, de discutirlo. Bueno, uno y otro son lo mismo.

Duele el Rozas del destierro, que bien podría ser el exilio, la vejez o el abandono que sufre alguien que alguna vez se soñó romántico. Duele el ultrajado por sus padres, el sanguinario, duele su legado y su soledad.
Hay algo del Napoleón en la isla Santa Elena, en este hombre criollo. Hay signos de lo desmesurado que tiene el poder y sus secuelas.
Hay un pecado y es aceptar silencioso a quien se arroga la autoría de la felicidad colectiva.
Y hay otro que es la falta de líderes que se atrevan a luchar por ese sueño, soltándolo posteriormente y dejándolos a la buena fe de sus sucesores.
En definitiva, me fui con el dolor de Rozas encima que es el anticuado dolor bonaerense, típico del padre que elige el silencio en soledad, cuando el futuro le refriega en el rostro que su esfuerzo fue inútil. Y que, aún con la muerte y la desgracia salpicada en su nombre, persiste por decir algo más.  
Acaso la voz de De la Serna, o de Andrés, inmortalice otro aspecto del prócer en cuestión:
"Soy El Santo Padre, y ellos, los doctorcitos, sentados ahí, recogen cada una de mis palabras como si mis palabras fuesen pepitas de oro. Después, guardan sus anotaciones, sus letras veloces, arduas, y yo los miro partir, esmirriados, sudorosos, pobres hombrecitos que nunca montaron a caballo, que nunca galoparon de cara al viento, que nunca crecieron en un mundo interminable como sólo Dios pudo concebirlo, leguas y leguas de tierras tan anchas como el horizonte, y un cielo tan ancho como el horizonte, y una luz tan pura como los mantos de la Virgen. Y uno, a caballo, que grita como si recién hubiera nacido".