martes, noviembre 18, 2014

Adrenalina

De golpe pierdo el control, no manejo los impulsos, se acelera el corazón, se adelantan los pensamientos aunque no quiera (siempre anticipando desgracias, claro) y sólo por un partido de fútbol. Bah, sólo por un equipo de fútbol. Así, encendido, mis teorías conspirativas duplican las pulsaciones, tengo en claro qué árbitro va a inclinar la balanza a favor del rival, qué periodista de FPT nos intentará mufar, quién es la movilera ícono de nuestro vecino rival que se mueve presta en el Libertadores de América, a fin a un gol que nos tuerza el entusiasmo.
Así como mi euforia conserva cierta lógica, lo mismo sucede con los tuiteros intratables en esta materia. Los de @enunabaldosa apelarán al odio visceral que sólo puede sostener un medio testaferro cuyo equipo llevó unos ¿35? años sin campeonar. Pero a no ser injusto, sabemos también que Olé me indignará con su cantito moralizante, siempre a merced de ganarse un poroto, diría mi abuelo, en favor de los poderosos.
Pero no estoy hablando de ellos si no de la adrenalina que se desarrolla en pleno partido. Mientras edito un par de notas de salud, una sobre timidez, otra sobre, curiosamente, problemas cardíacos, el rojo fiel a si mismo recibe el bautismo de la angustia antes de los cinco minutos del partido.
Hay un "experto" cronista futbolero en mi yugo que predice cuatro, en contra de mi Rojo. De golpe me acordé de la canción de Rubén Goldín. Pausa.
"MI amor es rojo"
Mi canción perfumando las
Ventanas
De esta casa
Afuera la gente camina adormecida
Por las calles del sur
Pero este sur hoy me devuelve
La emoción
De todo el mar , la música
Y mi amor
Mi amor es rojo, como la luna
Como los ojos del puma
Como la boca de un fusil
Mi amor...
Mi canción persigue el los rincones
Como una vieja sombra
Mi cuerpo la protege por las noches
De las flores del mal
Pero esta mujer hoy me devuelve
La emoción
De todo el mar, la música y mi amor
Esta mujer hoy me devuelve
La emoción
De todo el mar, el viento y mi amor.

Pasó la licencia literaria y arbitraria de este post, arbitraria como debe ser, qué tanto, si se trata de adrenalina.
Bueno viene Penco pone el bocho, tras centro de escuelita de fútbol, el Rolfi, demuestra que la edad para algunos es psicológica (como la temperatura, a pesar de que el aire acondicionado del laburo obliga a pensar en futuros pulloveres...para el verano). Cuestión es que estamos 2 a 1. Ojalá les hagamos cuatro, digo a mi coequiper laboral, también hincha del Rojo (y de Huracán), pensando en los Melli, pero también en el turro que nos soñaba muertos y que está a varios metros. El hombre en cuestión, sin embargo, comienza a revisar su hipótesis. Se harta de Guillermo y sus puteadas, como también de los tacazos de Somoza, también celebra un par de gambetas y yo me alegro cuando el talento nos deja en off side a todos. A mí incluso cuando entra Martín Benitez, la eterna promesa de Independiente que cuenta con la doble virtud de haber sido jugador del dirigente y hoy presidente (dicen desde hace tiempo), además de haber participado del confuso entuerto con Alexis Zárate.
El pibe me cierra el pico y arma con Fede una de papi. Yo lamento no estar en la cancha, a pesar de que hubiese tenido mínimas chances (de no tener que laburar), pero en cambio, me jacto de ganar dentro de mi trabajo, entre las escasísimas jornadas de suerte en tal sentido.
Pienso que mañana (por hoy) saldré a caminar, agradecido por la victoria, un ritual del que ya hablé, obviando un estímulo o motivación cabulera, para que los astros se acomoden en pos de mi ¿bendito? e infernal amor futbolero.
Ya por la tarde a menos de 24 horas de aquel momento adrenalínico, tras dormir mal por la euforia acotada por falta de interlocutores amargos y bien rojos, a mano, me jacto de estar al menos un rato contento.
Mi espíritu adolescente sigue encendido y el corazón arde. Vivo para contarlo.