miércoles, julio 30, 2014

Los tres ases a la sombra de Grondona

El azar quiso que ayer, sí un día antes del final de Julio Humberto Grondona, me viera comiendo un par de porciones en los tres ases, en Sarandí. Ahí estaba nuestro mítico bar de la infancia, despojado de los colores rojos y celestes, donde se colaba la camiseta del Arse, casi como un mimo acordado por los archirrivales de Avellaneda. Nada de eso quedó, aunque la pizzería se volviera testigo privilegiado del sorprendente ascenso y trascendental crecimiento del club del Viaducto.
Las fotos en las paredes que glorificaban a este bastión gastronómico bien nuestro, reposaban desprolijas entre las paredes de azulejo. La fugazzetta fría más una de muza, para saciar un apurado almuerzo, calmaba un ragú que en nada se asemejan a aquellos sabores exquisitos.
Hay camisetas firmadas por celebridades en las paredes y no es ni la de Racing, ni la del Arse, ni la del Rojo (club de los más mimados, relegado sorprendentemente por el lugar), la que abre el salón de mesas de los Tres Ases. Es una de Boca, la que manda y parece extraño.
Bah, no tanto, hace dos años, tuve en el Club Campos, un casi reencuentro de vecinos donde ya se notaba que todo era distinto. La de Palermo, pesaba más que las del rojo, los fanáticos del Bocha, comenzaban a vivar los logros de Alfaro y yo entendí que, así como don Julio guió a su tropa a cambiar de barco, los obedientes del capo ferretero hicieron lo propio en el corazón de mi barrio querido.
Picardía de la divinidad quiso que al momento de seleccionar un nuevo seleccionador, entre un torneo delirante, el bobo del hombre más poderoso en la Argentina de las últimas ¿4? décadas dejase de funcionar.
Mi enemistad hacia este hombre surgió ocasional, en el pasado yo no era tan fanático del rojo, como en la actualidad, pero su prepotencia gremial-empresarial cuasi milica, me permitió saberme en otra vereda. No en la circense de Fantino y Vila, si no en esa más cercana a desconfiar de los tufillos barrabravistas, sus acuerdos políticos, su venia silenciosa para los más poderosos, todo eso de darle bola al mercado, adorar los billetes patoteros de Boca, tras gozar de los dulces millonarios antes, para enriquecer su club de decenas de socios. El subir y bajar el pulgar, su buen ojo para los técnicos, se equiparan con los magros sueldos. El caso de Sabella lo refleja como pocos.
Las quejas podrían seguir al infinito. Yo, más terrenal, recuerdo la cara prepotente del gordito de su hijo, hoy presidente de Arsenal, paseándose por la pileta, como quien deja a la negrada recorrer sus instalaciones. Igual el pibe siempre se movió más como dueño de la pelota, que como quien intenta exponer algún don de gente.
Don, suena como una necesaria categoría para Julio. Don, suena a talento o virtuosismo recibido desde el más allá. "Mi viejo es el único que sabe como es la cosa del fútbol en la FIFA, Blatter no tiene ni idea y Platiní algo", había resumido hace unos meses atrás Julito destacando más el rol de funcionario de su padre, que el cariño del vínculo.
Así, con un porrón de cerveza negra rociando las tibias porciones (en otra circunstancia me le animaba al vaso de vino, pero con el deterioro o abandono general de la pizzería, ya ni da para asumir ciertos riesgos), dejé los tres ases aledaños al Barsa, como llamábamos al café de al lado, muchos años antes de Messi y su club satelital. Barsa, por Bar Sarandí, claro está.
Adiós y a prepararse, porque lo que se viene es equiparable al final de Gandhi, o para hacer un paralelismo más preciso, la muerte del Pocho. Si algo queda claro es que, muerto el perro, ahora arranca la rabia en serio.