jueves, abril 03, 2014

30 de marzo, contexto y primera foto sobre Malvinas

Ni fui combatiente, ni guardo una historia celosa y secreta de aquel entonces. La Malvinas que recuerdo, comenzó un 30 de marzo. Estando en bolas con esto de "querer ser cuando sea grande"; atrás quedaba mi secundaria, el número bajo que me salvó de la colimba y el desarraigo de pasar de alumno contenido pero falsamente rebelde, al flamante ingreso en el campo laboral y la incertidumbre vocacional.
Digo 30 de marzo, específicamente haciendo el ingreso en Ingeniería de Sistemas (quedé afuera tras un par de sopapos de física y  matemática), Alem fue una tarde de furia que suspendió la preparatoria, debido a las explosiones y gritos. Un compañero ocasional de la clase, más grande y de tradición peronista, me dijo en voz alta lo que estaba vedado en la adolescencia: "Están reprimiendo a los del sindicato". Habrá sido un martes, o miércoles. No sabía de que hablaba, pero el saldo de un muerto en el corazón porteño resonó hasta en los medios, entonces tan reacios y despectivos como siempre a la hora de dar información acerca de lo gremial y los trabajadores.

¿Patria?
Antes del fin de semana, algunos amigos pusieron en Malvinas, un aura que, supongo, podría haber oscilado entre el descubrimiento de la tierra prometida, o la camiseta de Diego autografiada. "El cura dice que vayamos a la plaza", anticipó un referente católico. "Hay que acompañar a la patria". La patria, la patria. La patria para mí era algo balbuceante, como qué se yo, "los mandamientos". Bah, los mandamientos eran más palpable de algún modo. El pecado más obvio y directo de masturbarse, por ejemplo. En cambio qué significaba para mí entonces la patria?
Más que patria, uno vivía cual paria. La fortaleza del sueño adolescente, se había hecho pedazos con el egreso. La religión y voluntad solidaria de los pibes de Acción Católica que frecuentábamos las villas para evangelizar y sobretodo, dar una mano, quedó relegada al primer trabajo de diez o doce horas. La Universidad ratificaba que del secundario, sólo quedaba un bolonqui mental, nada claro, salvo para aquellos que se gastaron un toco de guita en la preparación para un ingreso exclusivo y excluyente, aún en la escuela pública. La patria era uno y su confusión.
"Por suerte", las reglas de la sociedad nos ponían en su lugar. La catarata de información, la voz de Galtieri ("se parece al Pocho", "Se hace el Pocho", se escuchaba y no Insúa, claro está), la lista abierta de voluntarios. Y el tan solidario Fondo patriótico que nos tuvo en vilo no sé cuántas horas, tapados de visón de Su y Mirtha mediante, con Pinki y Cacho a la cabeza y un record millonario gracias a los miles de donantes; sumado un Gómez Fuente sacrificado y conductor full time, un Kasansew heróico y exultante, como buen cronista de guerra y preguntas, muuuchas preguntas.
"Yo quiero ir", me dijo Carlitos. "¿Cómo hay que hacer?", retrucaba yo en la esquina sarandinense de Brandsen e Independencia, en un mediodía gris. La historia de soldaditos, surgía por primera vez en mi imaginación, aunque siempre me gustaron más los Piratas de Salgari, o Roland, el Corsario, ídolo de la revista Fantasía. Encima uno había estudiado inglés tantos años...
Don´t Speak in english, please
Así, el Saint Thomas School, devino en Escuela Santo Tomás, el pánico llevó a traducir torpemente cualquier vocablo británico y las eses apostrofadas se borraron milagrosamente del planeta. Hablar en inglés era un defecto, o cuanto menos, una traición inconsciente. The Wall y sus mensajes sobre la guerra eran una quimera, máxime si el principito ya había emprendido su viaje para estas latitudes, desentendiéndose de la ópera pacifista de Waters. En definitva, para nosotros y Pont Lezica, Otro ladrillo en la pared, no era más que un tema bolichero.
Los rockeros admirados comenzaron a ganar lugar en el dial. De golpe los Rolling y la fiebre ochentosa musical se esfumó de las grillas. León y Porchetto nos cantaban por la paz, justo un rato después de que la trova rosarina comenzara a volarnos la cabeza con canciones de bebés muertos, suicidios y monedas vívidas. Serú, ícono beatle si lo había entonces, continuaba experimentando.
Justo ayer, en un programa de radio Nacional que conmemoraba los 32 años, escuché una declaración de un joven Lebón, manifestando "Si nos necesitan, allí estaremos".
La paz y la solidaridad se confundían y no era para menos. Nuestros pibes (así llamábamos a quienes tenían un año más y tuvieron "la dicha", de ser elegidos para el Sur) estaban peleando contra los gurkas, especie de temerosos y caníbales kamikazes orientales que, según los relatos, no tenían ninguna clemencia frente al más aguerrido correntino.
"Ustedes no entienden la magnitud de la guerra, no hacen sacrificios, no pasa todo por donar chocolates y escribir cartitas, hay que hacer algo más", sugirió el mismo sacerdote que antes nos había propuesto ir a la plaza galtierista. El reto fue unos días después de que un grupo se atrevió a visitar el Ital Park, en tiempos de crisis. Imperdonable divertirse. "Esto es a muerte", explicó el religioso.
"Quiere hacer un retiro espiritual, una jornada de reflexión", me explicó uno. Soberbio podría parecer uno al decir hoy, desde acá que aquel encuentro me sonó a militarización o entrenamiento "preventivo". En esto de confundirlo todo, acaso la memoria de Firmenich, los montos y los milicos se funden en un recuerdo uniforme, lo que  motivó mi deserción a ese delirio. No voy a hacerme el lúcido, pero no entendía la guerra para la paz. Qué se yo, el bolonqui personal en el cerebro se mezclaba con otro social. Todavía lidio con esto.
Cada avión, como un gol
La radio, los diarios, la tele, las revistas recreaban el paisaje de la isla, con mucho de historias de aventuras, amplificadas con bombos y platillos. "Bajamos un Sea Harrier", nos comentábamos, en esta costumbre argenta de apropiarnos del triunfalismo ignorante. Si ganábamos el mundial de España, combo perfecto. Muy loco era ver la cercanía simbólica entre soldados y jugadores, "tipos como vos y como yo", saludando a cámara. Mayo, mes patriótico si los hay, nos enorgullecía y los primeros fríos en Buenos Aires, eran una pavada, en comparación al sacrificio.
En Junio comenzó a correrse el velo. Si no hay nada raro, el 14, cuento el principio del fin, de esta historia que nos cuenta y nos revuelve una y otra vez...
Charly escribiría el mismo año "No bombardeen Buenos Aires", dolidos, la frase a muchos nos sonó "tan frívola, como él", criticamos, siempre falsamente sabios...