jueves, diciembre 05, 2013

Periodismo meaculpa

La remanida cita suele exponerse como máxima del oficio o profesión: "Escriba una nota sobre Dios". La respuesta, obvia para algunos colegas viejos, sale como lugar común "¿A favor o en contra?"
Y acaso esa forma trasvestida de desarrollar la vocación sirva un poco para entender por qué algunos periodistas son como son.
Ahí estamos todavía mirando Tiempo Nuevo putéandolo a Bernie Neustadt por sus contradicciones e incoherencias (según creíamos) cuando modificaba el discurso, según sus intereses e interlocutores de turno. O el mismísimo Fernando Niembro doblando sus definiciones en el acto, de acuerdo al resultado del partido. Para los que no se cansan de rendirles pleitesías al creador de La Opinión, ahí está su biografía "Timerman, El periodista que quiso ser parte del poder", de Graciela Mochkofsky donde sus vaivenes interesados se mueven más agitados que el péndulo de Perón, por citar la mejor metáfora política de José Pablo Feinmann. Incluso a los que ensalzamos a Rodolfo Walsh, nos cuesta digerir aquel primero, más gorila (pero siempre talentoso), para quedarnos con el más amable. A esta altura, además de su decisión de "suspender la pluma", por la militancia, imagino, más allá de Noticias, las dificultades para contar, publicar (y ni qué hablar de cobrar), sus divergencias internas. ¿Dónde?
Con esos viejos e inmaculados referentes, resurge Lanata por enésima vez de sus cenizas, no las de Fénix, si no del tabaco que fumó, oscilante la calidad, según sus cosechas.
Y ahora, el tipo que dejó en banda a uno de sus proveedores para hacer Página 12, del movimiento Todos Por la Patria, tras el efecto Tablada, hoy recorre su liderazgo rockero, con pacatería suprema.
Ayer, cuando se metió con el triángulo histórico de Echarri (paradójico enfrentamiento de dos sureños vecinos, aunque en distinto tiempo), pensé en la lógica formación del gordo, en sus tardes aburridas sarandinenses después de volver de su antioxidante Colegio San Martín, ahí entre pelotazos y militancia callejera, pibes enumerando sus aventuras pueriles, su mugre gozosa, las aventuras de meos largos, de escupir lejos. Jorgito no tuvo esa suerte, el tipo se quedó en manos de tías temerosas (¿solteronas?) a la buena de dios, o de la novela de la tarde. Entonces, ¿qué otra cosa se puede esperar que una reflexión chusma, de esas de cortinas bajas para espiar a las pibitas rápidas, o a la puta impune.
Bueno, la descripción, lo sé, es exagerada, aclaro que no es una cuestión de resentimiento, pero duele escucharlo con salidas tan pacatas emparentadas con las viejas sociedades de moral y buenas costumbres. Ah, aclaro que en Avellaneda, el apellido Lanata tiene peso específico propio y está en sintonía con una que otra familia católica de su "centro cívico" (por decirlo de algún modo).
Su periodismo coquetea con la filosofía de vida Susanista, algo así como "la de ayer, la que ascendió a escala social, por cualquier medio, hoy da clases de civilización y se enciende frente a los tropelías de los miserables (negros de siempre).
El caso es que  a Jorge, con su sagacidad de lince para señalar las miserias ajenas, bien podrían compatibilizarse con un Enrique Syms, desmesurado. A cierta altura, entiendo que los que se descontrolaron un poquito en su juventud, después arrasan con cualquier valor que remita a la rebeldía. Los desbordes valen si son propios y en años mozos, únicamente.
Periodismo puro. Según desde dónde se lo mire. Casi como ese axioma miserable al que algunos nos resistimos a copiar. Porque nada más liviano que encontrar una antinomia obvia, para referirse a Dios.