sábado, marzo 30, 2013

Manolo, flor de padrino

No hay caso, el 2013, parece que va camino a convertirme en un experto en necrológicas. Pensar que en el periodismo supo ser una casi silenciosa especialidad. El caso es que, en medio de mi despido laboral, Gabriela me cuenta que falleció el tío Manolo, mi padrino. "Por suerte pudiste verlo en Toninas", me consoló. Y es cierto, jamás me hubiese imaginado volver a estas playas "cercanas pero decadentes", después de aquella bizarra experiencia de fin de año, donde el amor logró suplir con creces pero algo de fastidio la horda de mosquitos y la lluvia torrencial en una escapada de novios subocupados (¿premonición actual?) Lo real es que el destino me dio un changuin del hombre, esta vez entre playas soleadas y comida casera.
Lo vi algo apagado, como la foto que me choreé del face. Pero no abatido. Difícil que ese hombre de acento regallego y argentino por opción (en contra de la corriente de sus compatriotas, se hizo ciudadano nuestro, seguramente agradecido), dejara vencerse. Acaso por eso lloré su pérdida, siendo hijo de padres esquivos o circunstanciales, otro héroe quedaba en el camino.
 Jodón, siempre risueño (incluso luego de sufrir el crimen de su hijo y la enfermedad de su mujer), Manolo me regaló alegrías con sus historias de cocinero de barco, regadas por el infaltable y necesario alcohol. "Te ves bien", me espetó hace un par de meses. Al rato me confió que debía operarse de cataratas y los elogios que por teléfono compartió con mi vieja sobre mi persona, no pueden ser tomados demasiado en serio en tales circunstancias, ópticas y por dos personas que me quieren.
El día que lo visité había salido de su aletargada siesta. Era su cumpleaños. Capricorniano el hombre, supo deleitarme con sus visitas y esos relatos que, de ser contemporáneo a los aventureros salgarinianos, sin dudas se habría hecho pirata. O tal vez no, quizás hubiese calado en algún navío como un gallego puteando la inoperancia de la armada española que lo explotaba con el salario, pero a quien debía cocinarle para hacer diferencia.
Manolo me enseñó sin proponérselo a soñar un mundo de viajeros. Se robó una moto, no sé en qué destino, se especializó en sardinas a la parrilla y otros manjares cargados, como sabe disfrutar la gallegada y no escatimaba palabras para describir a las mujeres. Aunque la suya, bien tetona, era la razón de su vida. Padre de dos hijas hermosas (para mí, al menos en la memoria), una rubia todo cariño y otra delgadita pero de ojazos moros (pavadas de primas, me brindó sin saberlo), lamento ahora que el destiempo no nos haya permitido compartir juntos esa envidiable caña que bien sabía guardar mi abuela Vicenta en un aparador y que se abría invariablemente con su visita.
Las charlas entre ambos son música para mis oídos. El tio Luis, su padre, lo había tenido a maltraer y quizás eso lo llevó a ser un hombre de mar. Recuerdo la escena relatada de mi abuela en "desabillé", yendo a buscarlo a la Mitre de Sarandí, después de que mi abuelo rajó a Manolo por llegar tarde. Si algo no escatimaba  Vicenta, era en esto de cuidar a mi padrino, su sobrino, aún y a pesar de sus jóvenes desobediencias.
La infancia idealizada lo tiene a él llegando de no sé donde (vivía lejos, siempre), en las tardes de verano, en las fiestas (de fin de año, o pascuas), en algún cumpleaños, charlando debajo del toldo, acerca de España, de los muchachos del barco o de la nada, como debe ser.
Manolo suele ser nombre de la burla, de la torpeza, de la brutalidad (¿efecto Quino?) y acaso quien no lo conociera quisiera llevarse la imagen de este hombre mezcla de Don Ramón con Julio Iglesias en apariencia, con esa pinta de pícaro que como ciudadano del mundo, lo convertía en sabiondo o porteño de pura cepa.
Ni el dolor de enviudar, ni sus peleas con la hija mayor, ni vivir en tierra firme, pudieron aplacar tanta energía. "La Patri quiere que me vaya allá con ellos, tiene una casa muy linda, tenés que verla", me confió, la última vez, "yo aquí estoy bien", dijo sin hablar de su amor, elogiando a la jubilación y experto en esto de andar tirando con lo indispensable. Me fui sabiendo que estaba próximo a operarse, le vi las gambas hinchadas y en esa siesta de respirador a mano y calor sofocante,donde no se celebran cumpleaños, opté por no incomodarlo con mis hijos esperándome junto a mi mujer en el auto.
Maldije ayer, por no sé cuánta vez, a la existencia o al orden divino que Gabriela intentó refrendar. Pensé en los hijos de puta que vienen por mi presente a mostrarse ganadores, mientras Manolo se suma a la laarga lista de soñadores derrotados, tras irse de este mundo viviendo sus últimas horas a la deriva. Si algo continúa en el cosmos, que sea el tipo lanzando un ajjjj, después de una buena caña dulce. Si no, Manolo, padrino del alma, acá tenés a otro pibe inmaduro que te lamenta, pero te seguirá soñando héroe. Salud.