jueves, octubre 28, 2010

Un futuro, una patria, una casa, un barrio...

Fracasada la idea de rajarnos a la madre Patria, con el difícil aprendizaje de la paternidad y poco laburo, en el 2001, cambiamos la ilusión de un dudoso e inclusivo primer mundo por profundizar la vida en el conurbano. La casa de la abuela fue el refugio y la posibilidad de sueño, después de que mi barrio, Sarandí, se había vuelto zona liberada por el efecto Kostecki y Santillán. A la hora de votar, la gorda y su sotana con su gesta cuasi religiosa a tono con el "que se vayan todos", me convenció más que el desconocido tipo, simpático o mejor dicho canchero pero demasiado cercano al cabezón, para mi gusto.
Me equivoqué, por tercera o cuarta vez. Ya me había pasado con Alfonso y sus pascuas, con el Turco y su discurso inclusivo hasta su asunción (queda el consuelo de que al perro Verbitsky, le pasó lo mismo), con esa alianza escrita erróneamente en mayúsculas. Sin embargo, Nestor Kirchner fue acaso la única y más grata de las equivocaciones. De golpe, entre amigos, o con mi mujer y con aquellos con los que compartimos la vocación periodística, empezamos a escuchar palabras que tenían más que ver con nosotros. Lejos de suponer ese perfil irascible, que tanto les gusta realzar a los detractores del pinguino, aún sin declamarse tanto, palabras como solidaridad, prójimo, coraje, aparecían latentes.
Las medidas fueron correspondiéndose en contraposición a las voces disonantes y eso me llevó a tomar en silencio mayor partido, aún sintiéndome tan solo como tantas veces. Ya me había pasado durante mis crisis católica, al ingresar a la universidad y escuchar la contundencia de los argumentos teóricos, que me dejaban balbuceante, con mi trabajo y los viejos zorros del oficio. Aún así, el segundo mandato agudizó mi posición, aún con contradicciones como reclamarle mayor distribución, un país más justo, un sueño a futuro.
El segundo gobierno, o mejor dicho el primero de Cristina, mantuvo la esperanza. Con el conflicto del campo, se reavivó la vieja polémica acerca de la patria. Entonces, aquellos que tantas veces y hasta el hartazgo se jactaban de saber más que yo sobre el viejo mundo y la América de Disney, nos tiraban por la cara la idea de que la tierra y la patria siempre tuvieron un solo dueño. Pero claro, es más difícil pedirle a ellos que se vayan.
La noción de hogar en un barrio, se tensó. El barrio nunca es amable del todo. Alcanza con recordar las jodas, de mal y buen gusto, la ideología de los comerciantes, en sincro con las políticas económicas, los prejuicios de las vecinas televidentes, atentas a lo perverso del dolor y la desgracia ajena. Sin embargo, en mi barrio del conurbano, tuve la chance de llevar a mis hijos a gozar de otras disciplinas: culturales y deportivas. Y eso, también fue en concordancia, con la bajada de linea a nivel nacional. Vi gente con los planes, trabajando a fondo por el museo del vidrio, por embellecer una ciudad-pueblo como Berazategui. Voluntades por sentir que se puede, aún con los límites de las palabras, en un ámbito donde los medios siempre nos enseñan de qué manera hablar, sentir, desear. De hecho, vale recordar que Clarín, Nación y América, por nombrar algunos espacios, celebran la dudosa moral impuesta por el termómetro Showmatch. El ciclo que potencia todavía más esa cuestión jodida de un barrio virtual.
Afortunadamente, además de bajar el cuadro de Videla, de no reprimir las marchas, de pensar en los viejos y en los pibes del futuro con la asignación universal (con las notebook distribuidas, como elemento inclusivo), este tipo, su mujer, o la visión K, me devolvió la esperanza demorada en ¿cuántos años? O el Bicentenario después de tomar el Roca y aún junto a mi mujer y sus ataques de pánico colectivo, sirvieron para darnos cuenta que tanta gente unida, debe tener algún sentido.
Ahora, mientras el gordo Lanata, un referente periodístico, termina más preocupado por su ego y los aplausos que por la búsqueda del bienestar colectivo, yo con los míos intento después de 12 o más horas de laburo (en un medio que jamás supondrá en su plan operativo un 10 por ciento en la distribución de las ganancias), cultivar algo en el fondo de casa como me enseñó mi abuelo. Mi hijo cree que las escasas lágrimas que se me escaparon, son joda. Después se calla respetuoso y con sus pequeños 9 añitos, voy entendiendo que el dolor lo hace un poquito hombre. La muerte siempre es un enseñanza, jamás se sale de ella, cerrando los ojos, jugando a la indiferencia.
El llanto tiene una razón, puta siempre nos dura poco una alegría, siempre el sueño se corta. Como siempre, el problema en la Argentina pasa por eso de vivir despierto. Los k me enseñaron que soñar una casa, un barrio, un hogar, no es una quimera, ni una condición social.