viernes, enero 03, 2014

Enrique, un condor que ya nos sobrevuela

Ultimo hippie y peronista. Y Salteño, por supuesto. Esa fue la primera impresión que me surgió al ver a este hombre longilíneo, de largas mechas, envidiable barba, traje y bastón. El andar lento que corresponde a alguien baqueteado, en Enrique Martinelli, sonaba más a un tipo que vivió en persistente trote. Pai, anfitrión, querendón, amable con la palabra, de oìdos abiertos, dejó su semblante en cada reunión y en el gen de cada uno de sus hijos. Se notaba a la vista. "Changuito sentate", "Cómo andás chango", "Què cuenta la princesita" susurraba musicalizando las vocales, sabiendo que con dos o tres palabras recibiría una sonrisa como respuesta.
Combativo y de carcajada profunda, más por una situación que por chiste o risa fácil, Enrique llegó a través nuestro, vía Victoria (su última nuera, nuestra sobrina) y Nicolás, su hijo y nuestro amigo. Empanadas y otros manjares mediantes, bien regados, más dos o tres comentarios alcanzaron para esa sutil complicidad de los que perseguimos similares cosas. No, no era una cuestión espiritual, más bien terrenal. Lo social, esa cosa zurdita adolescente que persiste en el tiempo, pero que dista de iluminación gorila. He aquí las coincidencias. No hizo falta más.
Entre bardos familiares y voces disonantes, uno volvió a lamentar por enésima vez ser de familia corta, urbana, comodamente banal. Ellos, los Martinelli, con Pompeya, por supuesto a la cabeza, son ese modelo que se extiende hasta vaya uno a saber qué horizonte. Disfrutamos mucho de escuchar sus historias de la infancia, de cielos abiertos, de peleas de hermanos, realismo mágico en vivo y en directo. Lo imaginé caminando rumbo a YPF, hasta lo pensé como Daniel Day Lewis, en Petróleo Sangriento, obsesionado por algún pozo oculto en su Salta, la linda. El cuchillo artero de la empresa, matándole las ilusiones en nombre de cualquier falsa reestructuración. Viajar a Buenos Aires, contener la bronca (o no) para el piberío. La firme convicción de que un patrón es un patrón y por ende, tu enemigo y que los compañeros, con sus defectos, son una otra cosa. Lo que no significa valorar al sumiso. No por nada, todos sus hijos tienen una pasión bien guardada y una apetito por formarse.

El vuelo.
Ahora, dos horas después de su vuelo, el recuerdo queda en los suyos, que es más genuino que una mirada extraña, extranjera y ocasional.
El primero de enero, Nicolás se quedó jugando al truco con Enrique, creo, o así dijo mi suegra. Pompeya terminaba con las cosas de la casa, los otros chicos se habían ido. La parca se aprovechó de la primera siesta y el truco, juego de machos, de padres e hijos, inició otro camino. Camino que se multiplicó por varios, hermanos viajando de Salta, México, Blanquita rumbo a Ecuador, sin saber (o después sabiendo), José María (el mayor de los hijos, en Londres, abarrotado de nieve, de distancia física y temporal) Nico, Mariano, Sonia y Cora, haciendo malabares, evalúan alternativas. Dori los vio sentados en el cordón de la vereda, apesadumbrados. Empezaba la despedida. Empezaban a extrañarlo.

Pero eso fue ayer. Hoy, 3 de enero, Ezpeleta los reúne. Hay ropa de gala, como de fiesta, como debe ser. La fila del cortejo entra a un cementerio que despacha tareas, o intenta hacerlo, con voluntad de negocio de barrio. Un maldito celular de un sepulturero, no entiende de llanto, de respeto. Bah, el tipo no es la excepción a la regla y nadie le explicó que deba serlo. Hay un hermano Martinelli, hermano de Enrique que con esa voz finita que penetra montañas lanza su sabiduría, de a borbotones "te fuiste primero", "lo más duro es para el que se vaya último", aclara y agrega: "nos dejás en Salta", "nos dejás en México". Con el país azteca, pienso qué destino los llevó a esa línea imaginaria que une a la América indigenista con esta familia, que mis hijos ahora contemplan absortos, en medio de esta ciudad ingrata y gris visitada por segunda vez, pero ahora por razones ciertas.
Intuyo también que el México que nombra lo debe hacer reflexionar y en el fondo, maldecir, tantas veces en que pensó en venir a charlar con él, de todo o de nada y que por el tema de la guita y las obligaciones fue relegando a un segundo plano. Por eso hace falta hablar ahora, todo lo que se pueda. Que los enterradores se la banquen, que los ruidos urbanos se acomoden a esa brisa que enuncia desde los labios. "Nos dejás más solos", insiste el Martinelli y yo me pregunto ¿solos? si son un montón. Pero no, no entiendo nada. Tiene razón, sé de esa soledad.
Dori arroja una flor, Lali y Victoria se habían fundido en un abrazo laargo, siempre conciliador, siempre indispensable. Nico le habla al padre como se debe (supongo, bah, como yo haría si al mío lo hubiese tenido algo más) La voz grave dice "Viejo" y uno sabe que no hay otro más ahí que Enrique, a pesar de sus jóvenes 67. Astrólogo, Lord Jim-Nicolás apunta su despedida a las estrellas. Pero Gaby, marido de Cora se adelanta y le dice, Enrique fue una. Amable, el más padre de los Martinelli, retoma pensándolo al papi, en un viaje menos cósmico, más cercano. "Sos un condor que estará sobrevolándonos por toda América", predice. Luego culmina con "La puta madre que los parió x 2" y la puteada suena inoportuna, pero necesaria, genuina, real, al infinito y más allá.
Sonia arroja una pilita de tierra, mientras Cora, distante se caga en las lágrimas y observa. El hijo de Sonia también quiere decir algo, habla de su abuelo junto a los perros, acariándolos en la calle, o algo así. Y esa postal es suficiente para ratificar que él también llevará el legado indispensable del realismo mágico. Celebro pibes como estos.
Hermes vuelve de la mano y repite lo de su padre, "mi abuelo es un pájaro que está por el cielo". Gabriela tiene abrazos para todos y sabe qué sano y qué importante es poder repartirlos. Cora esperó la distancia de todos para gritarle a su padre "hasta la victoria siempre". En cada imagen, en cada gesto, hay mil Enriques que se agotan frente al verdadero que está partiendo.  El que cambia a los sujetos y los vuelve personas. En la despedida uno ve los abrazos y las contenciones. Pienso en Pompeya. Acaso el vuelo, la ayude de algún modo.
Esas imágenes decía, refieren a la libertad. Gracias don Enrique, por hacernos al menos por unos ratos, ser parte de tus changuitos. Buen viaje. Ahora y siempre.