martes, marzo 16, 2010

Mientras se impone la agenda de la nada.

Me pregunto por la motivación de algunos artistas y sus obras. Así lo imagino a Burgess obsesivo con la música y el lenguaje, dispuesto a crear nuevos universos y sacarle el máximo provecho de sus conversaciones con sus víctimas: ilustrados ignorantes, obstinados reaccionarios, dogmáticos progresistas. Y entretanto, pendiente de las historias de amor controvertidas e impredecibles.
Pienso en Bowles revisando mapas caóticos, sin descuidar sus debilidades alucinadas y sexuales. Abierto a nuevos paisajes y experiencias extremas, sin perder la compostura, claro.
A Jane su esposa también la imagino, entre vasos y recetas, llamando la atención como una nena.
De los nuestros, se me cruzan Quiroga y Rivera. El selvático presto a un romance complejo en medio del encanto misionero. Irritable con sus recuerdos porteños y parisinos. A Rivera, en cambio, afilando su pluma como una lanza, revolviendo el sentido revolucionario de Mayo. Afectando a sus alumnos en Córdoba con sus revelaciones.
Pero bueno, todo es atemporal. No hay razón para andar en bicicleta, ni reloj que lucir como regalo viejo. Cada recorrido se vuelve domesticado y mis héroes íntimos se desdibujan en la fragil memoria.