viernes, marzo 19, 2010

Guitarras

Hoy fuimos con Saverio, a comprarle una guitarra, junto con Cata. Qué extrañas y diferentes las circunstancias de cuando recibí la mía. Allá, el padrastro había cumplido con su obligación (como le gustaba decir, al momento de mis buenas calificaciones), con una acústica impresionable, por tamaño y color.
Al tiempo, cuando intenté sin suerte, retomar mis clases, el profesor la describió contundente: "un desastre".
Aquí, en cambio, disfrutar del entusiasmo de Saverio, de verlo rasgándola con cautela, en ésta, una mañana cualquiera donde las obligaciones fueron esquivadas por segundos para el deleite de un sueño no artístico y sí, musical. Con Cata mirando de reojo "aquella roja", o tal vez soñándose con un piano ("se puede llevar todos los días en remís", había bromeado unos días antes), generándome el desafío de amplificar con ella el proyecto compartido.
Al rato, el pibe quedó en casa pasándole una franela, ya imagino a la muchacha entonando con él las que serán bellas viejas canciones, con Gabriela atenta y hasta dispuesta a probar las clásicas melodías de su niñez. Somos afortunados.